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GUATEMALA
Proyectos de energía renovable alumbran a comunidades rurales
Louisa Reynolds
14/03/2016
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Mujeres indígenas se empoderan aprendiendo cómo soldar y ensamblar lámparas y paneles solares.

En setiembre del 2013, Catarina Mejía Toma, de 46 años, e Isabel Torres Medina, de 43, mujeres indígenas mayas ixil que casi nunca se habían aventurado fuera de Xeputul, una de las localidades más remotas del municipio de Cotzal, en el noroccidental departamento de El Quiché, abordaron un avión por primera vez en sus vidas y viajaron a la India.

Ambas son analfabetas y ninguna habla castellano ni inglés. Cuando llegaron a la India luego de un extenuante viaje de dos días, fueron llevadas al Berefoot College en la localidad de Tilonia, en el norte de la India, donde pasarían los siguientes seis meses aprendiendo como ensamblar paneles y lámparas solares.

Fundado por el activista social Bunker Roy en 1972 y basado en la filosofía gandhiana de promover la autosuficiencia en las localidades rurales, el objetivo del Barefoot College (Universidad de los Descalzos) es empoderar a la población rural, especialmente mujeres, al enseñarles conocimientos prácticos tales como el uso de la energía solar, que ayudará a sus comunidades a romper con el círculo de pobreza.

Las clases comenzaban a las 9 am en un salón amplio y aprendieron a través del ejemplo, copiando el trabajo de sus instructores. Aprender cómo soldar y ensamblar las piezas eléctricas no fue fácil para ellas.

“A veces nos regañaban cuando [las lámparas] no funcionaban y había que hacerlo de nuevo”, dice Torres a Noticias Aliadas a través de un intérprete. “A veces nos quemábamos las manos y cómo dolía”.

Las sesiones de capacitación terminaban a las 5 pm y se retiraban al enorme dormitorio comunal que compartían con otras mujeres de diferentes nacionalidades, para descansar hasta la hora de la cena. Adaptarse a la gastronomía india fue parte del choque cultural.

“Extrañábamos el maíz y las tortillas”, indica Torres.

Mejía y Torres fueron elegidas para asistir al curso del Barefoot College —que es financiado por la cooperación india— por Semilla de Sol, organización no gubernamental local que promueve proyectos comunales de energía renovable.

Cuando regresaron a su comunidad, las dos mujeres instalaron un taller donde ensamblaban paneles y lámparas solares para cada una de las 30 familias de la localidad. Las piezas fueron donadas por Barefoot College y Enel (Ente Nazionalle per l’Energia Eletrica), empresa italiana que gestiona la hidroeléctrica Palo Viejo, pagó el impuesto a las importaciones.

A principios de la década de 1980, Cotzal, junto con los municipios vecinos de Nebaj y Chajul, llevaron la peor parte de la masacre contra la población maya ixil cometida por el exdictador Efraín Ríos Montt (1982-83) con el objetivo de expulsar a la insurgente Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG).

Mejía tenía 10 años cuando su hermano mayor fue quemado vivo por soldados. Fue uno de los 200 civiles inocentes que fueron masacrados por el Ejército en Cotzal y sus familiares se sumaron a los miles de personas desplazadas.

Más de tres décadas después de las atrocidades cometidas por la dictadura de Ríos Montt, las terribles condiciones del altiplano guatemalteco que fueron el principal motivo para que se desencadenara el conflicto casi no han cambiado y 86 de cada 100 personas en este municipio predominantemente indígena continúan viviendo bajo la línea de la pobreza. La pequeña localidad de Xeputul ni siquiera tiene un centro de salud y tampoco existe transporte público, lo que significa que los pobladores tienen que caminar 5 km para llegar a Cotzal.

Llegó la luz
Pero la llegada de la energía eléctrica ha impulsado una serie de transformaciones.

“Vivíamos en la oscuridad. Sólo teníamos candela y ocote [una rama de pino resinosa que se frota para obtener fuego] y a veces las casas se quemaban”, contó Mejía.

El equivalente a los US$8 mensuales que gastaban las familias en velas ahora lo destinan a comprar alimentos y otros productos básicos. Además, los escolares tienen suficiente luz para hacer sus tareas en las noches.

“Para nosotros es un orgullo que mujeres en el área rural y de escasa capacidad académica estén involucradas en un tema así”, sostuvo Baltazar Cruz, alcalde de Cotzal, quien ha prometido donar tierras municipales para construir una Universidad de los Descalzos guatemalteca, que abrirá sus puertas a principios del 2018 para mujeres de América Central y el Caribe, y que proporcionará talleres de capacitación en castellano si Semilla de Sol logra obtener el financiamiento necesario de donantes internacionales para desarrollar el proyecto. La institución educativa admitirá 24 mujeres por semestre.

Diez mujeres indígenas guatemaltecas han concluido el curso del Barefoot College y cuatro nuevas “ingenieras descalzas” deben regresar de la India el 17 de marzo.

Sin embargo, muchos hombres en zonas rurales no comparten el entusiasmo del alcalde por el proyecto y en algunas localidades, los hombres han prohibido a sus esposas y compañeras dejar la comunidad para asistir al curso. La imposibilidad de encontrar un familiar o vecino que cuide a sus hijos durante su ausencia también ha sido un problema.

En Xeputul, algunas familias se han  negado a contribuir con el salario mensual de $100 que Mejía y Torres supuestamente deben recibir por el mantenimiento de los paneles solares, ya que la mayoría de los pobladores son pequeños cultivadores de café y han experimentado dificultades económicas a consecuencia de una epidemia de roya en la región

“En algunos casos, [los hombres] no reconocen el trabajo de las mujeres. El machismo sigue imperando”, dijo Mario Hernández, director de Semilla de Sol, a Noticias Aliadas.

Desde que la microcentral hidroeléctrica fue inaugurada en la localidad de Batzchocolá en el 2014, al caer la noche esta comunidad, así como las vecinas La Laguna y Viziquichum, brillan en la oscuridad como tres pequeños conglomerados de luces en medio de las siluetas de las montañas.

La planta hidroeléctrica de 90 kilovatios proporciona electricidad a 161 viviendas en las tres localidades. Cada vivienda paga una tarifa fija equivalente a $5 mensuales además de $0.19 por kilovatio usado para pagar los salarios de los tres jóvenes técnicos que Semilla de Sol ha capacitado y que ganan $100 mensuales, así como para costos de mantenimiento.

“Las comunidades pueden tener sus propias hidroeléctricas; no sólo las grandes empresas lo pueden hacer. Tenemos nuestros recursos como los ríos pero a veces no los aprovechamos”, indicó a Noticias Aliadas Miguel Cruz Cobo, presidente del Comité Comunitario de Desarrollo (COCODE) y coordinador del proyecto hidroeléctrico de Batzchocolá.

Las tres comunidades tienen ahora luz en las calles y las mujeres han reasumido el tejido en las noches luego de terminar con sus quehaceres, como una fuente de ingresos extras.

Soñar en grande
El acceso a la energía eléctrica ha permitido a las tres localidades soñar en grande. Con una donación de Telus, empresa canadiense de telecomunicaciones, Batzchocolá ahora tiene un centro con 10 computadoras donde estudiantes secundarios aprenden tecnología informática e inglés básico. Los adolescentes por lo general trabajan en el campo de 10 am a 3 pm y asisten a clases de 4 a 6 pm o de 6 a 8 pm.

Viziquichum se encuentra en proceso de instalar una secadora de cardamomo y este año Batzchocolá montará su propio taller de carpintería, financiado por la Organización Latinoamericana de Energía (OLADE)

La energía hidroeléctrica es un tema altamente polémico en muchas comunidades rurales de Guatemala debido a su impacto ambiental así como lo que las comunidades perciben como los abusos de las empresas que explotan los recursos locales para zonas urbanas ubicadas a cientos de kilómetros de distancia para que disfruten la comodidad de la energía eléctrica, mientras ella son obligadas a vivir en la oscuridad debido a que las líneas de transmisión no llegan a sus remotas localidades.

El desarrollo de proyectos que giran alrededor de la microcentral hidroeléctrica de Batzchocolá ha sido establecido por un comité que incluye a líderes comunitarios, representantes del sector privado y funcionarios gubernamentales.

Según Hernández, la idea es que las corporaciones reduzcan las tensiones trabajando con las comunidades en vez de imponer megraproyectos sin el consentimiento previo.

“Entendemos que una empresa tiene sus intereses, pero las personas también quieren un mejor futuro para sus hijos. El problema es que a veces las empresas compran voluntades en vez de resolver necesidades”, sostiene Hernández.

Sin embargo, en Xeputul no toda la población estaba de acuerdo con que Enel pagara el impuesto a la importación de los componentes usados para ensamblar los paneles solares. Los críticos señalan el daño ambiental causado por la central hidroeléctrica de Palo Viejo —la inundación de la represa ha amenazado los cultivos de subsistencia en  la localidad vecina de Santa Avelina— y creen que está mal, en principio, aceptar cualquier trato con la empresa.

Guatemala tiene siete microhidroeléctricas gestionadas por la comunidad: cuatro en El Quiché y tres en el norteño departamento de Alta Verapaz.

Hernández explica que el ingrediente clave para el éxito a largo plazo de estos proyectos es que “se requiere mucha organización social para que el proyecto sea sostenible. Se requiere empresarialidad porque el proyecto no tiene que ser una carga más sino una herramienta social y económica”.

Aunque estos proyectos han tenido éxito en algunas de las comunidades más pobres y remotas de Guatemala, Hernández resalta que no es una estrategia que se pueda adaptar a todas. Por ejemplo, una granja eólica inaugurada en el 2001 en Punta de Manabique, en el oriental departamento de Izabal, fue incendiada por narcotraficantes, lo cual ilustra los desafíos para implementar tales proyectos en comunidades que han sido invadidas por el crimen organizado. —Noticias Aliadas.


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Tanto mujeres como hombres indígenas mayas ixil participan en el mantenimiento de los paneles solares. / Semilla de Sol
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