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BRASIL
“Los yanomami no necesitan carreteras”
Paolo Moiola
12/03/2019
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Entrevista con misionera Mary Agnes Nieri Mwangi

Nacida en la oriental república africana de Kenia, la misionera de la orden de la Consolata, Mary Agnes Nieri Mwangi, vive desde el 2000 en la Misión Catrimani en la Tierra Indígena Yanomami (TIY), estado de Roraima, fronterizo con Guyana y Venezuela. La hermana Mary Agnes ha trabajado con mujeres yanomami y organizó el primer encuentro de mujeres indígenas en la Misión Catrimani en el 2008.

Conversó con Paolo Moiola, colaborador de Noticias Aliadas, sobre su experiencia con los indígenas yanomami, el enfrentarse a una realidad distinta a la que había vivido, aprender a hablar el yanomae (dialecto de la familia lingüística yanomami) y adaptarse a sus costumbres.

¿Cómo fue pasar de su Kenia natal a la tierra de los yanomami?

Llegar a la Amazonia, a las tierras indígenas, para mí fue una novedad muy grande. Pero todavía más grande fue la alegría de conocer pueblos diferentes a mi realidad. Cuando llegué a Catrimani [a orillas del río del mismo nombre] me pareció estar en esas misiones de mi país en los primeros años del siglo XX. Hoy es una joya.
 
Muy a menudo el primer salto cultural al que nos enfrentamos es el lingüístico. ¿Tuvo problemas?
No, porque mi país es plurilingüe. Se habla inglés, kiswahili y también el kikuyu, mi idioma. En Kenia y en Italia aprendí un poco de italiano. Cuando llegué a Catrimani no hablaba ni la lengua portuguesa ni la indígena. En los primeros cinco meses, esperando participar en un curso de portugués, comencé a estudiar el dialecto local, el yanomae. Dado que a menudo es la única que hablan los yanomami, saberla es esencial. Es una lengua oral, aunque, a lo largo de los años, los misioneros hemos llevado a cabo varios proyectos de alfabetización.
 
Si quisiera dar una definición sintética de los pueblos indígenas, ¿qué diría?
Que son pueblos amistosos, que son acogedores, que hay mucho que aprender del modo en que te reciben.
 
¿Y de los yanomami?
Incluso si no parece porque son cazadores, es decir, hombres de acción, los yanomami son personas a quienes les gusta contar, escuchar y contemplar.

Nosotros tenemos el hábito de preguntar: “¿Cómo estás?” Ellos no, porque ven cómo estás. Es una pregunta inútil. En cambio, es muy importante preguntar: “¿En qué piensas?”; es casi un modo de saludar al otro. Es ponerse en disposición de escucharlo.
 
Maloca es el término genérico para indicar una vivienda que alberga a varias familias indígenas. ¿Cómo describiría la maloca de los yanomami?
Hay una búsqueda de armonía que es difícil de explicar. Primero, cuando construyen su casa común (yano, en su idioma), los yanomamis tienen siempre un pensamiento: ¿Dónde está el centro del mundo? La armonía se busca también en actividades externas a la maloca que van a compartirse a través de una propuesta. No dicen: “Hoy vamos a cazar allí”. No, esta no es la comunicación yanomami, que en cambio dice: “He pensado, me parece que es bueno ir allí. ¿Tú qué piensas?” Estos son momentos comunes, pero también están los dedicados al núcleo familiar.
 
Y, dentro de la casa comunitaria, ¿qué distingue a una familia?
Todo núcleo familiar tiene su fuego. Como no hay divisiones, si se quiere saber cuántas familias hay en la maloca, basta contar los fuegos. Cada fuego, una familia.
 
¿Y dentro de la maloca y la familia cómo crecen los niños?
Aprendiendo directamente. Los niños más grandes toman en sus brazos a los más pequeños. Los de dos o tres años ya saben hacer el fuego y ya llevan el cuchillo en la mano. Al principio me preocupaba, pero la mamá intervenía de inmediato para decirme que no pasaba nada. Al final, yo también encontré un equilibrio entre el cuidado exagerado de los niños occidentales y la libertad de aprender de los pequeños yanomami. Muchos de ellos van al río a pescar y luego preparan lo que han encontrado. Incluso la comida se comparte con los adultos. No hay distinción entre comida para adultos y comida para niños, como en cambio yo estaba acostumbrada.
 
¿Bananas para todos, entonces?
Sí, el alimento favorito de los yanomami es la banana. Luego está la yuca, con la que hacen una especie de pan; batatas y frutas del bosque, pescado y carne de caza o cerdo. Para los yanomami hay dos tipos de hambre, tanto que tienen una palabra específica: naiki, para hablar del hambre por falta de carne, y ohi, para todo lo demás.

La caza es prácticamente una actividad cotidiana: todos los días hay alguien que la practica. Si no va el papá, va el hijo o el primo. Quien va un día no va al otro día, porque debe preparar las herramientas de caza, en primer lugar las flechas.
 
¿Quién es y qué papel juega el chamán, llamado xapuri o xapiri, en la sociedad yanomami?
En primer lugar, el chamán es una persona que está muy disponible. Si alguien llega a pedir sus servicios, se levanta de la hamaca y va. Nunca he oído a ninguno negarse. En general, el chamán es una persona que, a lo largo de su vida, cultiva “el sentir con”, compartir las preocupaciones de los demás.
 
Sin embargo, para “sentir” como usted dice, siempre debe tomar la yakoana, que es una sustancia alucinógena.
Es cierto, los chamanes usan la yakoana, porque ayuda en la intermediación entre ellos y los espíritus. También yo, como enfermera, pensé en la condición chamánica como un “efecto alucinógeno” inducido por esta droga.

Sin embargo, he visto que hay chamanes que pueden hacer sus ritos curativos sin necesariamente tomarla. En estado de sobriedad. Veo en esto la fuerza del amor, incluso si no hablan en estos términos, sino solamente de cura.

El chamán, además, lleva en el presente la memoria de la comunidad. Siendo pueblos sin memoria escrita, esta función es esencial.
 
Ayúdenos a aclarar los términos: ¿se dice chamán, xapuri o xapiri?
El término que usan los indígenas no es chamán. El término es xapuri o xapiri dependiendo del territorio yanomami considerado. ¿Por qué? Xapuri (xapiri) es también el nombre de los espíritus que trabajan con estas personas. En el momento en que el chamán está en contacto con el espíritu, no es él quien habla, no es él quien cura: él encarna el espíritu. En ese momento él es xapuri. Sucede, por ejemplo, en el momento final de la vida cuando el chamán sentencia: “Ya no hay nada más que hacer para evitar la muerte”. Palabras duras de escuchar, pero todos los presentes las consideran palabras del espíritu y no de la persona física que tienen ante sus ojos. Dicho esto, para mí el chamanismo sigue siendo un misterio.
 
Los huesos de los difuntos, tratados de cierta manera, son comidos por sus familiares. Esto hace que se hable de canibalismo (aun siendo que el término correcto es “endocanibalismo” y, en el caso especifico de los yanomami, “osteofagia”).
El modo de tratar a los muertos es algo que debemos aprender. Hoy nuestros cementerios están llenos. Si pensamos que, después de muerta, una persona se convierte en cenizas, los yanomami actúan cremando los cadáveres y mezclando en la comida los huesos pulverizados. De aquí se ha venido a sentenciar: los yanomami se comen a los muertos. Los que hablan así no conocen bien su cultura, el porqué de las cosas que hacen. Es una lástima. No siempre lo que veo y pienso es correcto. Esto es algo que me fastidia bastante.
 
Aparte de la corrupción traída por el dinero de los blancos, otro gran peligro proviene del exterior.

Así es. Los yanomami viven en un territorio muy bueno: las plantas crecen sin ponerles demasiado cuidado, hay agua, el clima es bueno. Lamentablemente, también hay minerales que atraen a muchos garimpeiros [mineros informales].
 
¿Son personas individuales o verdaderas empresas?

Hay garimpos [explotaciones mineras informales] que detrás tienen un patrón y hay otros que tienen un solo minero. El fenómeno es muy complejo.
 
Entre los muchos daños producidos por los garimpeiros, está la contaminación de las aguas con mercurio. ¿Este problema también se ha manifestado en la Misión Catrimani?
Ya en la década de 1990, los misioneros cavaron un pozo para no beber el agua del río contaminada con mercurio. En estos años hay menos contaminación entre nosotros, mientras que ha aumentado en otras zonas. Por supuesto, no podemos dar por sentado que no hay mercurio en el río Catrimani, porque en su parte alta hay garimpos. Ni siquiera estamos seguros de que el agua de nuestro pozo, que está cerca del río, esté limpia.

Para mantener a los indígenas lejos de los blancos, la mejor solución es que no haya carreteras. ¿Es una declaración exagerada?

Creo que la carretera no es para los indígenas. Son personas que no necesitan carreteras porque son pueblos del bosque. Tienen el GPS en la cabeza.
Cuando camino con ellos, a veces no me puedo orientar, entender dónde estoy. A veces ni siquiera puedo encontrar el sol porque no puedo verlo. Entonces me preguntan: “¿Qué buscas?” “El sol”, respondo. “Pero ¿cómo? ¡Está aquí! ¿No lo ves?” Y se echan a reír. Lo mismo me sucede con los senderos que yo no veo mientras ellos sí. Lo que quiero decir es que lo que yo no veo, ellos en cambio lo ven. Entonces, la carretera no es para los pueblos indígenas, sino para aquellos como nosotros que no tenemos el GPS en la cabeza.
 
Ninguna carretera llega a ella, pero la Misión Catrimani es un lugar de encuentro.
Así es. Incluso en su gran simplicidad, en la misión hay estructuras que no se encuentran en ningún otro lugar. Por eso es el lugar donde la SESAI [la gubernamental Secretaría Especial de la Salud Indígena], el ISA [el no gubernamental Instituto Socioambiental], Hutukara [la más importante de las asociaciones yanomami liderada por Davi Kopenawa] e incluso algunas facultades universitarias federales organizan encuentros. Hemos llegado a alojar hasta 200 personas que dormían por todas partes.
 
Usted trabaja con las mujeres indígenas. ¿Cómo se han recibido sus iniciativas en la comunidad yanomami?
Al principio hubo mucha sorpresa. Los hombres yanomami se preguntaban: “¿Qué quieren hacer con las mujeres? ¿Qué tipo de encuentro es? ¿Qué tienen que aprender las mujeres? Todo lo que hay que aprender se aprende en la comunidad”. Para mí en cambio fueron experiencias muy interesantes, un sueño que se hacía realidad: trabajar con las mujeres. Desde el 2002 acompaño a las mujeres a los encuentros
 
De la participación en encuentros entre mujeres indígenas se ha pasado a la organización. ¿Cómo sucedió este cambio?
Era el 2006. Éramos seis: cuatro mujeres, un hombre y yo, una monja. Nos mudamos de la Misión Catrimani a la Tierra indigena Raposa Serra do Sol. En esa ocasión, las mujeres yanomami me dijeron: “¿Por qué no lo hacemos también nosotras?”. Me sorprendió mucho esa propuesta, pero marcó el inicio de nuestro viaje.
 
¿Cuándo se realizó el primer encuentro de mujeres indígenas en la Misión Catrimani?
Organizamos el primer encuentro en el 2008, una asamblea también abierta a mujeres no yanomami, proyecto que fue posible gracias al apoyo de la CEI [Conferencia Episcopal Italiana]. Al final, logramos tener solo una avioneta para cuatro indígenas de fuera, pero las mujeres yanomami llegaron en gran número de diversos lugares con hijos y esposos.

Fue más interesante la preparación que la misma asamblea. Los hombres me preguntaban: “¿Quién cocina si las mujeres están sentadas escuchando?”. Me divertí. De todos modos, nos las arreglamos para organizarnos. Las mujeres estaban sentadas en círculo en el centro de la casa común y alrededor, en las hamacas, había hombres y niños. No hubo un verdadero tema del encuentro. El tema era estar juntas y hablar sobre la vida de la mujer, yanomami y no yanomami.

En los años siguientes tuvimos que limitarnos a invitar a las yanomami. En el 2010 hubo en encuentro dedicado a la salud. En el 2018 (del 26 al 30 de setiembre), por primera vez, el encuentro —el 11º de la serie— se desarrolló fuera de la Misión Catrimani, en la maloca Watoriki, en la región de Demini, la de Davi Kopenawa, [en pleno territorio yanomami].
 
Para concluir, ¿la malaria está todavía muy extendida en el bosque?

El problema es serio, aunque desde hace tiempo no hemos tenido muertos. En la misión contamos con un microscopista. El examen para detectar la malaria es simple: lo puede hacer también cualquier yanomami que sepa leer y escribir. Esta circunstancia ha ayudado mucho a no tener eventos mortales. Se piensa que el hecho de que haya tantos casos depende de los desplazamientos de los garimpeiros y de los propios indígenas.
 
Entonces, la malaria está ahí, pero hoy puede ser tratada. Al menos en la Misión Catrimani.
Sí, porque la Misión Catrimani es un oasis en el bosque. Una pequeña joya.
—Noticias Aliadas.


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Misionera Mary Agnes Nieri Mwangi / Paolo Moiola
Noticias Aliadas / Latinamerica Press
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